LA BANDA DEL VELOCÍPEDO ROJO

LA
BANDA DEL VELOCÍPEDO ROJO
Mi padre murió el 13 de abril de 1968. Paró
de sufrir y repartir dolores a quienes lo queríamos, en una clínica del Seguro
Social, a las cinco y media de la mañana del viernes santo. Lo envolvieron en
el único traje, café tabaco, que lo sobrevivía. Guardaron su zalea en un
féretro gris, metálico, junto a sus cuarenta y ocho cumplidos que le cupieron
holgadamente en el hueco del ombligo sin hacer bulto, junto a su cascajo de
sueños incumplidos. El de poseer casa propia, por ejemplo, si no el más
sublime, sí el más pregonado de los anhelos oníricos de mi padre en boca de mi
madre.
Por culpa de los sueños ajenos, truncos, mis
recuerdos infantiles están poblados de continuas y largas mudanzas, cortas
permanencias, viviendas de todas las dimensiones, fachas y humores, llenas de
gente, vacías de mobiliario.
Del anoréxico álbum de enseres domésticos,
recuerdo con especial cariño dos de ellos: una vitrina cuya principal misión,
una década atrás, había sido matar –bueno, atarantar- de envidia a los
esporádicos visitantes, presumiendo en su interior, protegida por gruesos y
grandísimos cristales, una vajilla de Talavera poblana de cuarenta y seis
piezas. “Completa”, según mi madre.
Desde que conservo memoria, la vitrina tenía
ya la piel curtida de cicatrices. Los gordos cristales y la vajilla “pomadosa”
ya no existían, eran mera referencia clasista, nada. Pensando en no
menospreciarlo, mamá guardaba en los entrepaños del viejo armatoste tenedores y
cucharas sin parentesco entre sí y algunos despostillados cacharros de peltre.
Sin embargo, la ausencia absoluta de
cristales no era motivo suficiente para que Elvira, una despistada sirvienta,
morena, pelos de alambre, muy propia ella, exigiera las llaves cada vez que mi
madre le pedía sacar algo de la vitrina.
Ladilla inolvidable, el otro cachivache enquistado
en mi corazón sin remedio es una caja de pino multifacética, precursora de los
modernos transformers. Les platico la historieta: a finales de los años
cincuenta ocupábamos una de las tres partes en que había sido fraccionado un
convento de las Hermanas de Santa María del Monte Carmelo en Zamora, Michoacán.
Era la víspera de Santos Reyes. Los tres hermanos mayores –Humberto, Arcadio,
Socorro- garabateábamos nuestras cartas de solicitud a los Magos de Oriente.
Dos años antes, Humberto se había dirigido a
ellos en éstos o similares términos: “Queridos Reyes, soy Beto, me porté bien,
estudié en la escuela y si no es molestia les pido que me traigan un velocípedo
rojo. Gracias”. Los enigmáticos y generosos monarcas decidieron unilateralmente
catafixiarle el velocípedo por un paquete de galletas María.
Al año siguiente, Humberto me incluyó en su
demanda: “Queridos Santos Reyes, Beto y Cayo nos portamos bien y obedecimos a
mis papás. Les pedimos un velocípedo para los dos del color que sea”. En sus
prisas por atender a la chiquillada, pensando en nuestra integridad física
seguramente, los reyes le obsequiaron un balero de mezquite a Humberto y a mí
unas canicas de barro vil.
En la víspera a la que hice referencia líneas
arriba, engrosamos la lista con nuestra hermana Socorro y estiramos el regio
tratamiento: “Queridos Santos Reyes Magos, nos volvimos a portar mejor,
pregúntenle a mis papás y a los maestros. Les pedimos un velocípedo para Beto,
Cayo y Coco aunque ya nunca nos traigan nada a ninguno. Les dejamos un birote
(1) con miel junto a los zapatos para que no pasen mucha hambre. Gracias”.
Sometimos la carta a la supervisión de nuestra madre. Mamá cuervo, madre leona,
acabó de leerla con los ojos mojados. “De risa. Está bien chistosa”, dijo.
Esa noche, azotada nuestra duermevela por la
ansiedad y la incertidumbre, duró un siglo. Un siglo por cabeza. Ni la Biblia
consigna una noche así. Nos levantamos tempranito. Corrimos enseguida al patio,
al lado de la recámara de nuestros padres, donde los Santos Reyes solían dejar
los regalos que se les pegaba la gana cuando no se olvidaban de acordarse.
Tampoco esta vez había velocípedo. Pero sí
una flamante carreta de madera de pino. Tenía grandes ruedas. Medía alrededor
de ochenta centímetros de largo por sesenta de ancho y cuarenta de alto.
Socorro Cenicienta miraba alelada la calabaza transformada en precioso
carruaje.
La fascinación le duró poco. En cuanto acabó
de ponerse el sol salimos a la calle, le explicamos que, a falta de caballos o
burros, los coches de madera necesitaban para moverse de por lo menos un niño o
niña de fuerza. La ilustramos sobre los peligros de conducir por primera vez
una máquina desconocida; le hablamos de la fragilidad y torpeza natural de las
mujeres y de la fuerza y pericia natural de los hombres; le dijimos que nuestro
deber de varones era protegerla. Enseguida nos trepamos Humberto (piloto) y yo
(copiloto) a la carreta. Parando a ratos, nosotros animándola de continuo,
Socorro empujó a lo largo -en tramos empinado- de cuatro cuadras. De repente
dijo “prefiero mi media muñeca”. Dio media vuelta y se marchó. No le volvimos a
ver ni el pelo.
Ante tamaña deserción, acordamos los
intrépidos corredores: siempre alrededor de la manzana de nuestra casa, empujar
una cuadra cada uno. Haciendo valer su primogenitura, Humberto exigió el primer
turno. Había un poderoso motivo: al cabo de la segunda cuadra, en el Jardín de
la Madre, vivían tres guapas muchachas de Cotija, Michoacán, a una de las
cuales se esmeraba en impresionar. De manera invariable pasábamos frente a
ellas, Humberto en calidad de soberbio Ben Hur a bordo de su veloz cuadriga y
yo cual anémico y jadeante borrico.
Las ruedas de la carreta nos soportaron dos
semanas. Puesto que no las teníamos de repuesto y los Queridos Santos Reyes
Magos volverían hasta el año siguiente, empujados por el ingenio (acicateado
éste por la necesidad), sin curso previo de reorientación vocacional, abocamos
la carreta a diversos menesteres.
Colocada horizontal en un extremo del patio,
hacía las veces de portería si jugábamos futbol. Bocabajo, nosotros sentados en
el suelo, servía de mesa a la hora de comer, en caso de imprevistas visitas. O
de silla para los adultos, en posición vertical. También fue cuna cuando mamá
nos dejaba a cargo de las gemelas, aún bebés. Y basurero.
Finalmente, las dotes científicas del tío
Francisco, hermano de mamá, transformaron la carreta en productora de alimentos
orgánicos. La casa, parte de un ex convento, como ya dije, amén de sala, baño,
cocina y comedor constaba de cuatro habitaciones en la planta baja. Arriba
cuatro cuartos más en hilera, ajuareados de esperanzas, provistos de enormes
ventanales sin vidrios y una extensa azotea, a la que llegaban a zurear y a
zurrar decenas de palomas de un criadero aledaño.
El tío Francisco hablaba poco, sonreía con
frecuencia. En la cara de su hermana mayor, la más hermosa, sabía leer al pie
de la letra el menú del día. Nos convocaba entonces a armar la clásica trampa
para aves, mediante un puño de arroz o de maíz a modo de cebo, un palo atado al
extremo de un hilo y bocabajo, con las fauces abiertas a medias, la bendita
carreta. “Conque invadiendo propiedad ajena, chingüengüenchona”, les iba
diciendo tío Francisco a las palomas capturadas antes de matarlas de un
coscorrón.
Mamá ponía cara de angustia cuando el tío
bajaba con cuatro o cinco aves desplumadas. “¡Virgen santísima! Nos va a
castigar Dios. Es pecado robar”, decía angustiada. Se persignaba. Procedía
luego con sus manos, más diestras para las artes culinarias que para las
caricias, a guisar a las intrusas en salsa de tomate verde. Casi nos
arrancábamos las uñas a fuerza de chuparnos los dedos.
De ordinario parca para comer, mamá repetía
plato. Y volvía a persignarse al terminar.
(1) El
birote es una variedad de pan blanco, salado o sin sal, de consistencia
semejante al bolillo y forma muy parecida al baguette. Un bolillo estándar mide
de 15 cms a un metro de longitud. Su origen es francés y su llegada a México,
particularmente a los estados de Jalisco y Michoacán contribuyó para la comida
de la calle, con los lonches y las tortas.
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