LA BANDA DEL VELOCÍPEDO ROJO
LA BANDA DEL VELOCÍPEDO ROJO Mi padre murió el 13 de abril de 1968. Paró de sufrir y repartir dolores a quienes lo queríamos, en una clínica del Seguro Social, a las cinco y media de la mañana del viernes santo. Lo envolvieron en el único traje, café tabaco, que lo sobrevivía. Guardaron su zalea en un féretro gris, metálico, junto a sus cuarenta y ocho cumplidos que le cupieron holgadamente en el hueco del ombligo sin hacer bulto, junto a su cascajo de sueños incumplidos. El de poseer casa propia, por ejemplo, si no el más sublime, sí el más pregonado de los anhelos oníricos de mi padre en boca de mi madre. Por culpa de los sueños ajenos, truncos, mis recuerdos infantiles están poblados de continuas y largas mudanzas, cortas permanencias, viviendas de todas las dimensiones, fachas y humores, llenas de gente, vacías de mobiliario. Del anoréxico álbum de enseres domésticos, recuerdo con especial cariño dos de ellos: una vitrina cuya principal misión, una déc...