PULPA DE TAMARINDO (A TU SALUD, MUÑECO)
Antes de que un súbito chisporroteo en los cables de la
azotea y los malos consejos de Mechita, su compañera, lo apartaran, lustros ha,
de la senda cristalina del bien, y se tirara de cabeza al pozo sin fondo de la
enofobia (chequen diccionario, talegas), Alejandro y yo solíamos libar y
botanear juntos con harta frecuencia.
En cierta ocasión, optamos por ‘El Bosque de los leones’, amplio solar, arbolado, hoy extinto. El ron Bacardí blanco estaba de moda. Pedimos una botella con sus respectivos tehuacanes y cocas. A la tercera ronda se agotaron esas que los rojillos llaman “aguas negras del capitalismo”. Tardaron en atendernos. Protestamos. El mesero nos explicó que no las tenían en existencia. Las habían mandado a comprar en la tienda más cercana. Mientras la merca arribaba, podríamos casar nuestros santos tragos con agua de tamarindo (“Sabe rica, jefes, no es por nada, pruébenla, nada pierden, digo”). La probamos y, en verdad, ron y tamarindo formaban el matrimonio perfecto. Mampo, pero perfecto.
Agotamos ese frasco y nos seguimos de largo con el otro. Entre copas y cigarros, también agotamos la agenda prevista para esa bolera en particular. Respetuosos de los mandamientos etílicos, hablamos pestes de los queridos amigos, pero siempre con la loable intención de ayudarlos a mejorar, a encontrar la anhelada paz espiritual, bla, bla, bla. Tómese en cuenta.
Al filo de la 23.30 pasé a tirarlo a su domicilio y, en automático, tal cual indican los cánones, enfilé rumbo al mío. La primera de las 23 veces que debí ir al baño en 24 horas, coincidió con mi llegada. Contra todos mis negros presagios, y el comprensible pavor de mis jeans nuevos, alcancé a trepar al trono. (¡Uf y recontra uf!)
--Qué tal, muñeco, ¿todavía estás? -, fue su jovial saludo. Le platiqué, sin demasiados pelos ni señales, del alto precio que hube de pagar por beber del fruto prohibido:
--Sigo a dieta de agua de arroz, jugo de limón y suero.
Acabo de dedicarle un toque de silencio a mis tres kilos perdidos en campaña.
--No te doy el pésame. Tengo el culo de mandril. En mis
últimos turnos al excusado parecía yo sal de uvas, pura espuma hacía -. Se
carcajeó como sólo él podía carcajearse-. Ve planchando tu jorongo, muñeco (me
cotorreaba por la danza de los viejitos). La próxima semana, sana sana colita
de rana, vamos a ir a protestar al estudio de Paco Chanona. Llevá tus cocas.
No me lo están preguntando, pero Paco Chanona, chiapaneco, bolo ilustre, es el compositor de “Pulpa de tamarindo”, no la mejor pero sí la más popular de su composiciones.

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